«En ese lugar viví, sin dudas, los peores 53 días de mi vida».

El Rosarino José Álvarez cuenta en una carta en qué condiciones estuvo en su internación en la capital y los malos momentos que tuvo que pasar durante 53 días.


LA CARTA
En la ciudad de Rosario, Departamento de Colonia, yo, JOSÉ HÉCTOR ALVAREZ HERRERA, CI N° 4.030.106-8, nacido el 19/3/1966 en esta misma ciudad, quiero narrar lo que me ha tocado vivir desde que fui a Montevideo, luego de ser diagnosticado con tumor en la tiroides.

El día 24/6/22 fui trasladado a Montevideo, al Hospital Maciel, aguardando mi ingreso, que recién se pudo concretar en horas de la tarde, por falta de camas disponibles en Sala General. Mientras estuve en Sala, unas dos semanas, fui bañado a diario y atendido correctamente.

El día 15/7 fui intervenido, y luego llevado a CTI del Piso 2, donde estuve otras dos semanas. Debido al lugar en el que fui intervenido (tiroides) estuve imposibilitado de hablar. Luego de la cirugía tuve algunas complicaciones y fui llevado nuevamente a CTI.

En ese lugar viví, sin dudas, los peores 53 días de mi vida. No era higienizado, yo mismo me sentía olor y no podía hacer nada. Algunas veces había un solo enfermero, que lógicamente no podía hacer todo. Tuve un cuaderno donde anotaba lo que no podía decir, por ejemplo: que me acostaran, o me sentaran. Pensé escribir ahí mi malestar, pero vi que durante la noche, cuando creían que yo dormía, leían mi cuaderno. Mi hermana me llamaba por teléfono pero apenas podía hablar, caí en un pozo depresivo muy grande. Mi familia vive en el interior del país y se comunicaban conmigo de la manera que podía. Por otro lado tenía un acompañante que solo podía permanecer conmigo algunas horas en el día y que tenía orden de no hacerme nada. Solo acompañarme.

Además de la preocupante falta de higiene ya que no me bañaban, los enfermeros no me saludaban, se ponían de espaldas por lo que yo no podía expresarles en ningún momento mi necesidad. En los días que estuve en CTI las noches eran un calvario, ponían música fuerte, cantaban, hacían ruido y no podía descansar. Lo que era necesario para reponerme y fortalecerme luego de mi operación y para enfrentar otro día en el que me esperaba más de lo mismo: me bajaban de la cama a una silla y ahí quedaba hasta que en algún momento se daban cuenta y me acostaban de nuevo cuando el dolor de estar tanto tiempo sentado ya era insoportable. El cirujano venía a ver mi operación, pero nunca vio la éscara que se me formó por la posición y falta de higiene.

Tuve finalmente el alta oncológica, faltaba rehabilitación con fisioterapia, que perfectamente podía hacer acá en mi ciudad, cerca de mi familia, pero el traslado no llegaba, mi hermana iba semanalmente a verme y no entendía porque no me traían a Rosario.

Finalmente el sábado 15/10 llega al hospital una ambulancia de Rosario con un traslado y ahí me ve una enfermera conocida, ella me reconoció y se dio cuenta de lo que pasaba. Fue ella quien agilizó mi alta para que pudiera regresar a mi cuidad. Una vez en el Hospital de Rosario, les llamó la atención que en mi historia, decía que regresaba con cuidados paliativos, que son los cuidados para las personas que están transitando la última etapa de una enfermedad o de un padecimiento. Casualmente lo comentaron dos enfermeros, creyendo que yo estaba dormido. Fue gracias al equipo del Hospital Rosario que descubrieron que la éscara, al medio era blanda, se hundía, y me empezaron a limpiar. No es fácil explicar ya que tuvieron que raspar y aún siguen haciéndolo. Durante esas limpiezas me extrajeron materia (pus) y ahora en ese orificio cabe el puño de una persona adulta.

Denuncio esto que que pasó porque creo que así debe ser, y porque no quiero que nadie más pase por esta situación tan lamentable dentro de la Salud Pública. Actualmente me estoy recuperando en el hospital de mi ciudad, en donde estoy muy atendido y cuidado, ya que gracias a ellos pude regresar y comenzar a recuperarme.

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